Mostrando entradas con la etiqueta Llegada a Gor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Llegada a Gor. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de mayo de 2010

Ruidos en la noche.

He estado mirando mapas de Gor y he mirado el recorrido aproximado que hice hasta llegar a Ar. Lo he calcado y he marcado el camino. La primera cruz sería el lugar donde aparecí, del cual no conozco el nombre. La masa de puntos negros son los Bosques del Norte. En este momento del relato, nos encontrábamos en la línea entre el río y los Montes de Thentis.


Viajamos sin incidentes durante días, ni rastro de los bandidos. Una noche desperté al oir un sonido ululante, parecido al canto de una lechuza. Abrí los ojos y vi a Vera escuchando atentamente. El sonido se repitió, un poco más cerca y ella lo imitó a la perfección. Donna se revolvió, inquieta, a mi lado, lo que hizo que Vera mirase en nuestra dirección y me viera. Me hizo un gesto de silencio con la mano y levantando la cabeza, volvió a ulular. Escuché moverse los arbustos como si algo pasara entre ellos. Me sorprendió la aparente ausencia de la pareja guardias que debería estar de ronda. Salvo por los ruidos extraños, el campamento parecía muy calmado, casi irrealmente en silencio. Ni un bosko se movía ni se escuchaba a un solo tharlarión, no había susurros ni rozar de telas. Tenía miedo de lo que fuese que rondaba la zona, pero no me atreví a musitar siquiera la preguta a Vera. Antes de que pudiera reunir valor para hacerlo, una mano me tapó la boca por la espalda y sentí algo afilado apoyado en mi cuello. Vera me repitió el gesto de silencio acompañado de otro, la mano moviéndose horizontalmente frente a su garganta. Comprendí el mensaje y no me moví, pero mi captor no aflojó la presa. Detrás de Vera aparecieron un par de muchachas, con la piel pintada de vivos colores y apenas cubiertas con pieles moteadas. No hicieron ningún ruido al caminar ni al detenerse y acuclillarse junto a la rubia. No hablaron. Una de ellas manipuló el collar que apresaba el cuello de Vera y éste se abrió con un ligero "click". Lo depositaron sobre la hierba, con cuidado, para que las cadenas no tintineasen. Las kajirae ni se movieron. Al parecer yo era la única que observaba la escena nocturna. Vera se despojó del camisk y se vistió con pieles que las otras le entregaron, aunque se llevó la prenda de esclava. No quería que los eslines pudieran seguir su rastro. El instrumento aguzado se separó de mi cuello y la mano soltó mi rostro. Las cuatro mujeres desaparecieron en la noche.

No pude dormir, pero fingí hacerlo. Supuse que debería haber dado la voz de alarma y, al no haberlo hecho, temía ser castigada. Cuando los hombres despertaron, encontraron a los dos eslines inconscientes, durmiendo, con sendos dardos alojados en su pelaje, así como a los guardias de la última ronda, desmadejados y maniatados, aún bajo los efectos del somnífero. Junto al collar abierto que había ceñido el cuello de Vera, estaba la pequeña llave dorada que Hokur guardaba. De alguna forma, se las habían ingeniado para arrebatársela mientras descansaba. Yo intuía que habían sido aquellas mujeres salvajes de los Bosques del Norte, las panteras, y los comentarios de los guardias al examinar los dardos y comprobar que era Vera la que faltaba lo confirmaron. No le dije a nadie lo que había visto. Donna me contó que Vera era una pantera a la que habían conseguido atrapar. Pregunté que por qué no nos habían liberado a las demás y me dijo que las panteras desprecian a las esclavas, puede que incluso más que a los hombres. "Entonces, ¿por qué han venido a por Vera?" pregunté "¿no era igual de esclava que nosotras?" Donna se encogió de hombros, no lo sabía. Mis esperanzas de escapar y reunirme con las mujeres guerreras murieron. Aunque lo consiguiese, no me aceptarían entre ellas, lo más probable era que me revendieran a otro esclavista. Al menos Vera volvía a ser libre.

miércoles, 26 de mayo de 2010

El Laurius.

Hacia el anochecer, llegamos cerca de la orilla del Laurius. Hokur decidió que acampáramos allí, no quería arriesgarse a vadear el río sin luz. Como tantas veces, dormimos apiñadas, encadenadas para evitar que huyéramos. Cuando el sol despuntaba en el horizonte, nos pusimos en pie y ayudamos a preparar el desayuno. Luego comenzó el trabajo de verdad.

Hokur y sus guardias conocían la zona y sabían perfectamente por donde era posible pasar con los carros. Había un fragmento de río de lecho firme y que cubría poco, por ahí condujeron a los boskos. Tuvimos que ayudar a empujar los carros cuando se enganchaban con alguna roca y evitar que la corriente los desviara. Era un trabajo pesado, a pesar de la ayuda de los propios guardias y los animales de tiro, pero si alguien trataba de escaquearse, notaba el mordisco del látigo en la espalda. Tardamos unos cuantos ahns, pero conseguimos que la caravana al completo pasase a la otra orilla. De nuevo, nos subieron a los carros y continuamos el viaje hacia el este. Estábamos cansadas y volver a viajar sentadas fue una bendición. Cuando ya llevábamos un rato de viaje, una de las kajiras comenzó a cuchichear animadamente con otra. Era Ayla, una muchacha que de vez en cuando dormía con Hokur. Ante las peticiones del resto, levantó un poco la voz para que la oyéramos. El esclavista le había contado el motivo por el que habíamos variado la ruta y a dónde nos dirigíamos. Lo que los guardias habían encontrado delante, en el camino, eran los restos calcinados de otra caravana de esclavos y las huellas inconfundibles de varios tarns de guerra. Al parecer, había bandidos operando por la zona y Hokur no quería arriesgarse, por ello había decidido viajar hasta el este, a la ciudad de Thentis, y pagar el transporte en tarn a Ar. Resultaría un poco más caro, pero nada en comparación a sus pérdidas si los asaltadores destrozaban la caravana.

Ahora ya sabíamos a dónde íbamos.

domingo, 23 de mayo de 2010

Algo pasa.

Durante una semana, avanzamos hacia el sur. El viaje, a pesar de ir sentadas en los carros, era cansado y monótono. El traqueteo de las ruedas y los mugientes boskos era todo lo que oíamos y, de vez en cuando, alguna orden a voz en grito o las risas de los hombres. Parábamos a medio día y al anochecer. Cada parada, nos sacaban de las carretas y debíamos traer leña, encender el fuego, acarrear agua o cocinar. Si había un arroyo cerca, afluente del Laurius, nos permitían tomar un baño. El tiempo era seco y caluroso y se agradecía el frescor del agua. Hokur pasaba revista de vez en cuando y elegía a las kajirae que le habrían de servir a él y a sus hombres durante la comida. Nunca me eligió a mí.

Donna resultó ser un gran apoyo. A veces, las kajirae parecían una jauría, se encaraban unas con otras luchando por el liderazgo como perros rabiosos. Si no era por ser la que más poder tenía entre nosotras, era por un pedazo de carne o por un objeto sin aparente valor. Yo trataba de mantenerme alejada de los conflictos y, si resultaba enredada en uno, Donna me defendía. Vera tampoco se inmiscuía en las peleas, siempre estaba sola y hablaba poco. Parecía mirarnos a todas por encima del hombro.

Un día uno de los dos guardias que iban adelantados al grueso de la caravana a modo de avanzadilla volvió haciendo correr a su montura. El animal en cuestión se llama tharlarión. Es una especie de lagarto enorme, aunque al parecer existen diversos tipos. Hay tharlariones marinos, de cuatro patas, de dos, grandes, pequeños… Los que venían en la caravana eran altos, caminaban sobre dos poderosos cuartos traseros y tenían la cola larga y flexible. En conjunto, recordaban a uno de esos dinosaurios que suelen estar representados en los libros de historia, uno tipo velocirraptor. El guardia se detuvo e intercambió unas palabras con Hokur, que ordenó que la caravana se detuviese. Hizo bajar a otro guardia de su montura y subió al tharlarión, siguiendo al primer guardia hasta que dejamos de verlos. Dentro de la carreta, todas las chicas cuchicheaban y conjeturaban qué podría estar ocurriendo. La que hacía de vigía, observando por un hueco bajo la lona, informó de que volvían. Hokur ordenó que la caravana cambiase el rumbo y comenzamos a avanzar hacia el este. Aún tendríamos que esperar para enterarnos de qué era lo que había hecho virar el rumbo de nuestro viaje.

martes, 20 de abril de 2010

Time goes by...

Últimamente no he tenido tiempo ni de mirar mi reflejo en el agua. Mucho menos de escribir en el diario. Estoy ensayando un baile para mi Señor, es un baile que jamás he visto y me lo han tenido que explicar, así que no se qué tal lo haré.

Ahora que lo tengo prácticamente dominado, volveré a escribir. O al menos, eso espero.
Me había quedado contando mi llegada a la cadena de Hokur. Aquella noche, con Donna abrazada a mí, descansé como no lo había hecho desde mi llegada a éste extraño planeta. No tengo muy claro por qué, ella me daba seguridad, un anclaje al que aferrarme y no caer.

Por la mañana, me despertó con suavidad. Abrí los ojos, aún somnolienta, y observé el ajetreo de los hombres cargando carros. Uno de ellos nos trajo el desayuno y, ésta vez, pude comer por mí misma. Sentí una inmensa felicidad, simplemente por un detalle tan nimio como poder ser yo quién llevase la comida a mi boca. Poco rato después, un guardia abrió nuestra puerta y nos guió hasta uno de los carros. De nuevo viajaría encadenada por el tobillo junto a las demás esclavas. Resuelta como estaba a no dar más problemas y no ganarme una tunda, me dejé atar y me senté en el suelo, sin llamar la atención ni montar un numerito. Donna me miró, contenta. Estaba a mi lado y parecía feliz de haberme convencido para dejar de lado mi rebeldía.

El sol calentaba la lona que cubría las carretas y apoyé la mejilla en él. Estaba cálido y era agradable. El traqueteo resultaba incluso relajante. Conversé con Donna, admirándome de la fluidez con que hablaba ahora el goreano. Las demás también charlaban, salvo Vera, que se reclinaba hacia atrás, sin prestar atención al resto. De pronto, un chillido agudo y potente se dejó oir, desde arriba. Todas se abalanzaron sobre los lados de la carreta y trataron de levantar la lona para observar el exterior. Hice lo propio y apliqué el ojo a la abertura. Mi boca se abrió de asombro: sobre nosotros volaba una bandada de pájaros enormes. Traté de distinguir los detalles. Parecían rapaces, con plumajes de distintos colores. Los había oscuros, casi negros, otros rojizos, moteados, incluso alguno níveo y diáfano. Resultaba un espectáculo estremecedor. Ensombrecieron el cielo durante unos ehns y se alejaron.

- ¿Qué era eso?.- Pregunté a Donna. Antes de que pudiera responderme, Vera se hizo oir.

- Eso es la cacería del Ubar de Ar.- La miré, confundida.- Son monturas.- Me explicó.

Me pareció terrible la mera idea de volar a tal altura y sobre un animal. Tenía que ser, por fuerza, peligroso. Como los tarns- que así se llamaban los animales- ya no eran más que un cúmulo de manchitas en el horizonte, bajamos la lona y continuamos el viaje. Yo me sumí en mis pensamientos. Gor era, sin duda, un mundo extraño.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La cadena de Hokur.

Cuando llegamos al otro almacén, me cogió de la cabeza y me arrojó dentro de una de las jaulas, sin quitarme los grilletes. Ahogué un quejido al impactar contra el suelo y oí la puerta cerrarse con un chasquido metálico. Me incorporé con cierta dificultad y miré alrededor. En la jaula había otras dos chicas, una morena de pelo liso con la mirada dura y una alta y rubia que estaba sentada en un rincón, ignorándome. La morena se me acercó y se puso en cuclillas delante de mí, mirándome con curiosidad. Bajé la cabeza, pero ella me agarró de la barbilla y tiró hacia arriba.

- Bonitos ojos.- Me dijo. Luego se fijó en mi muslo sin marcar y, con una aviesa sonrisa, continuó.- No durará así mucho tiempo.

Yo no contesté. Volvió a su rincón y se sentó, apoyando la espalda en los barrotes. La rubia seguía inmersa en sus pensamientos. Me coloqué lo más cómodamente que pude, pero los grilletes me molestaban. Observé que, efectivamente, el resto de las esclavas de ésta cadena ostentaban la marca sobre su piel. Quise acariciar mi aún inmaculada pierna, pero no podía hacerlo con las manos atadas a la espalda. Repentinamente, me abrumó la realidad de estar lejos de casa, lejos de la civilización, lejos de las costumbres que conocía. Me sorpendió no haberme percatado antes del hecho de que nunca iba a volver. Fue como si mi corazón se quedase parado, congelado, y mi cerebro chispease por la descarga de información. Era como si una barrera que bloqueaba mis pensamientos se hubiera roto y todo el horror inundase mi cabeza, mi cuerpo, mi espíritu. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Un guardia golpeó los barrotes y yo me abstuve de hacer ruido. La realidad de Gor estaba haciendo mella en mí.

Trajeron la comida. Yo no podía usar las manos y empezaba a enfadarme por ello. La chica rubia me acercó el cuenco y yo la miré, enarcando una ceja.

- Prueba a comer como un animal.- Se rió burlonamente.

- Déjala, Vera.- La chica morena se acercó a nosotras y tomó un pedazo del engrudo de gachas entre los dedos. Me lo acercó a la boca y yo lo cogí, agradecida.

- Eres una aguafiestas, Donna.- Vera se alejó con su comida.

Dona me alimentó y me ayudó a beber agua. No parecía tan dura y terrible como al principio y me empezó a caer bien. Después de comer, se sentó a mi lado y estuvimos hablando. Me dijo que había sido una estúpida intentando escapar, algo que yo corroboré. Me sentía como una niñata sin dos dedos de frente. Me explicó que nuestro actual dueño, el esclavista, se llamaba Hokur, y que también se iba a dirigir a Ar. También sugirió que debería portarme de forma impecable a partir de ahora. Me señaló la espalda de una de las chicas de la jaula vecina, cruzada por profundos arañazos escarlata. La habían castigado el día anterior por remolonear. Bebí de sus palabras y de sus consejos, esperando que me fueran útiles. No quería que me volvieran a pegar.

Por la noche, Hokur hizo acto de presencia en el almacén y vino a nuestra jaula. Me llamó con un gesto y yo me apresuré a acercarme, arrodillándome tal y como él me había indicado por la mañana. Mantuve la mirada baja. Metió la mano entre los barrotes y me acarició la cabeza.

- ¿Cómo te llamas, esclava?

Donna ya me había instruído acerca de qué contestar.

- Ana, si eso le complace, Amo.

Él rió sonoramente.

- Ya no pareces tan rebelde, kajira. A partir de ahora responderás al nombre de Ataravis. Ya tengo otra Ana en mi cadena.

Yo asentí en silencio. Era la primera vez que cambiaba de nombre. Me ordenó darme la vuelta y me quitó los grilletes. Me froté los brazos, tratando de restablecer la circulación.

- Gracias, Amo.- Musité.

- Tenéis que descansar, mañana partimos hacia Ar.- Fue toda su respuesta. Se dio la vuelta y se fue.

Me tendí en el suelo, dispuesta a dormir, y Donna se acercó a mí y me abrazó. Vera se mantuvo alejada. No tardé mucho en caer presa del sueño.

martes, 30 de marzo de 2010

Laura.

Tras el episodio de los eslines, teníamos una chica menos en la cadena y yo subí un puesto. Seguía estando entre las últimas, porque no tenía instrucción y lo mejor que sabía hacer era hablar goreano. Dina tenía un puesto más alto, no solo por sus habilidades, sino por su belleza. Me sorprendía esta característica en todas las mujeres que había visto en Gor, todas eran verdaderas preciosidades que me hacían sentir como la fea de la clase.

El resto del viaje transcurrió con tranquilidad. Nethet parecía impaciente por llenar sus bolsillos de dinero tras nuestra venta y azuzaba a los mugientes boskos durante el día. Bort no se acercaba a mí si estaba Nethet delante y no volví a dejar que me encontrara sola.

Un día, a media tarde, llegamos a Laura. Se trataba de una ciudad dedicada al comercio situada junto a un río. Nos bajaron de los carros y, encadenadas unas a otras, entramos en la población. Los edificios eran de madera, había multitud de tabernas y almacenes. Dina me había dicho que al ser primavera, era la época de la gran batida de esclavas. Yo no tenía muy claro qué sería eso, pero sabía que no quería acabar como esclava en una taberna. Las demás chicas me habían contado que cualquier libre puede pagar y violarte. Era, claramente, un prostíbulo. Un extraño prostíbulo en un extraño mundo. Sin embargo, el plan de Nethet era culminar la venta en la ciudad de Ar, al sureste. En Laura pensaba vender solo a algunas de nosotras y adquirir nuevas esclavas.

Nos llevaron a una especie de almacén plagado de jaulas y allí nos encerraron, tres esclavas por celda. Ninguna quería ser vendida en Laura, no debía de ser un destino agradable. Al ser una de las esclavas menos valiosas, empezó a preocuparme que me vendieran allí, donde los precios eran más bajos. Me di cuenta de que, ya que acabaría por tener un Amo, prefería que no fuese alguien inculto y bruto. También podía intentar escapar, me habían contado que en los bosques del norte, al lado de Laura, vivían las panteras, mujeres libres y luchadoras. Yo había disparado con arco y practicado esgrima en la tierra, tal vez me consideraran útil. Alimenté esa esperanza durante días, pero pronto estuvo claro que no iba a ser tan facil huir.

A veces, Bort venía a verme al almacén, pero no me tocaba. Los barrotes estaban entre nosotros. A pesar de estar encerrada, me sentía más segura a éste lado de la reja.

Llegó otra caravana y el almacén contiguo al nuestro se llenó de chicas. El otro mercader vino a visitarnos. Era alto y fuerte, con el pelo hirsuto y los ojos feroces. Daba más miedo que Nethet, e incluso que Bort. Procuré no parecer atractiva, no quería que me vendieran. Obedecí, arrodillándome cuando me lo pidieron, pronunciando "Cómprame, Amo.", exactamente igual que todas las demás, pero con desgana y torpeza fingida. No quería ser comprada por aquel hombre de fieros ojos. Sin embargo, él se quedó mirándome. Me puse nerviosa. Leí en su mirada que se había percatado de mi truco y tuve miedo. Tal vez me delatara y me castigaran. Me ordenó levantarme y caminar por la celda. En esta ocasión, lo hice lo mejor que pude, no quería desairarle. Me llamó y me hizo arrodillarme de nuevo. Corrigió mi postura con su látigo.

- ¿Qué se dice, esclava?

Estaba perdida. Tragué saliva y respondí:

- Cómprame, Amo.

Entonces, me tocó con el mango del látigo. No mantuve la postura, grité, sorprendida, y caí hacia atrás, alejándome de él. Se rió de mí, y el resto de las chicas y guardias le corearon. Sentí como enrojecía, no sabía si de vergüenza o de rabia. Llamó a Nethet y hablaron un rato, un poco alejados. Volvieron y abrieron la puerta de mi jaula. Nethet me ordenó salir. Caminé, vacilante, hacia la salida y, una vez allí, salté hacia delante, empujándolo. Sorpendido, no reaccionó y yo corrí sin mirar atrás. Por supuesto, un guardia me cogió. Me retorcí y le mordí en el brazo con todas mis fuerzas. Gruñó, me arrojó al suelo y me sujetó por el cabello, apretando mi rostro contra el pavimento. Intenté liberarme en vano. No estaba segura de qué era lo que me había hecho comportarme así, intentando huir sabiendo que no había posibilidades de conseguirlo. Ante mis ojos aparecieron unas sandalias y miré hacia arriba con el rabillo del ojo. Era el nuevo esclavista. Apartó al guardia y él mismo me levantó, tirando de mi cabello. Me dolió, pero no deje escapar ni un quejido. Estaba enfadado y tuve aún más miedo que antes. Me abofeteó con fuerza y yo encogí mi cuerpo, pero no me quejé. Volvió a golpearme. Gemí levemente. Me había cortado el labio con los dientes y sangraba. Me dejó caer al suelo y me puso unos grilletes en las manos. Guiándome con la cadena, me arrastró hasta sus caravanas.

Yo le seguí, dolorida y rabiosa. Le odiaba. Le odiaba con todas mis fuerzas y quería matarlo.

domingo, 21 de marzo de 2010

El eslín.

Camino a Laura, dimos con un campamento. Allí había un pequeño grupo de hombres que se dedicaban a amaestrar a algunos eslines para rastrear. Yo nunca antes había visto un animal así. Lo más llamativo era, sin duda, que tenía seis patas. Su cuerpo era cilíndrico, alargado, con una cola larga que movían de un lado a otro. Su cabeza tenía forma afilada, coronada por un par de orejas erectas, y su hocico escondía una doble hilera de dientes. Aquí, un boceto de un eslín:

Son animales sucios, su olor recordaba al de los hurones que tan de moda estaban en mi planeta. Solo que un hurón medía unos cuarenta centímetros y algunos de esos eslines llegaban a los seis metros con facilidad. Dina me explicó que cuando un eslín ha captado un rastro, no lo abandona. Son cazadores tenaces y hábiles rastreadores. También me dijo que a veces los usan para cazar esclavos fugados. Uno de los eslines bostezó y pude ver su enorme boca abierta y repleta de afilados dientes. Se me quitaron todas las ganas de huir, estando cerca esos animales. Sin embargo, aprovechando que los hombres estaban entretenidos hablando unos con otros, una de las chicas salió corriendo. No llegó lejos.

martes, 16 de marzo de 2010

El kef.

Tras unos días asentados en las afueras de la ciudad, Nethet decidió que quería viajar hacia otra, llamada Laura. Los carros, tirados por los boskos, empezaron a moverse lenta y constantemente, con nosotras dentro. A veces parábamos y nos dejaban bañarnos en algún riachuelo. La mayor parte del tiempo, las kajirae reíamos y jugábamos juntas, aunque a veces había problemas entre nosotras. La primera chica de la cadena era una joven rubia de ojos azules llamada Leah, muy guapa y, lamentablemente, muy agresiva y territorial. Solía tener disputas con las demás y, aunque yo trataba de pasar desapercibida, un día me tocó a mí.

Estaba sola, acicalando mi cabello con un peine de hueso que me había prestado Dina. Una sombra se cernió sobre mí y me di la vuelta, temiendo que fuese un Amo. Cuando ví que solo era Leah, continué mi tarea, canturreando. De pronto, me vi en el suelo, latiéndome la sien. Me había golpeado y forcejeaba conmigo para quitarme el peine. Si hubiera sido mío, se lo hubiera dado, pero era de Dina. Rodamos por la hierba, gruñendo como animales. Le tiré del pelo con saña y le mordí en la mano antes de que Bort nos separara tirándonos encima un cubo de agua. Me alejé, aún gruñendo y corrí en busca de Dina y Janice. Sentí los ojos de Leah clavados en mi espalda.

A partir de aquel día no me dejó en paz, me acosaba constantemente. Me alegré cuando, en medio del viaje, nos encontramos con otra caravana de mercaderes de esclavos. Con un poco de suerte, una de las dos sería vendida y no tendríamos que convivir más. Nos colocaron a todas atadas por el tobillo a una cadena que iba de árbol a árbol. Uno de los mercaderes se paseó ante nosotras y, a su paso, debíamos pronunciar la frase "Cómprame, Amo". A veces se paraba ante alguna chica y la examinaba. A mí me miró la boca y, descubriendo un par de empastes, gruñó: "Bárbara" y se alejó. Nethet iba tras él, narrándole las maravillas de cada chica. Al pasar frente a Janice, se paró de nuevo. A ella no le dijo "Bárbara" con ese desprecio, sino que preguntó por sus habilidades. Janice tenía instrucción, sabía bailar, servir, leer y escribir goreano y multitud de cosas cuyo nombre yo desconocía. La compró. Yo gemí, desencantada. Se llevaban a una de las dos únicas amigas que tenía en la cadena. Por suerte, a Dina ya la habían dejado atrás. Al final de la cadena, en la primera posición, estaba Leah. Para mi regocijo, también la adquirieron. Nethet y Bort pasearon por las cadenas de la otra caravana y compraron a una chica joven de pelo liso y castaño que sabía tocar el sitar.

Entonces, vi con horror que ataban a Janice y a Leah a sendas ruedas de carro y cómo calentaban un hierro de marcar. Yo había visto ese procedimiento para marcar reses en mi planeta natal y siempre me había parecido una práctica inhumana. Un hombre fornido levantó el camisk de Janice y presionó el hierro contra su piel. Ella gritó, pero no podía moverse. Él no se apresuró, retiró el hierro con parsimonia y observó que la marca había quedado bien. Otro hombre aplicó una especie de pomada sobre la herida. Repitieron la operación con Leah. Me fijé en los muslos del resto de las chicas de aquella caravana. Todas llevaban la marca. En cuanto pude, pregunté a Dina que por qué lo hacían. Me dijo que era una forma de distinguir a los esclavos de los libres y que servía para convencernos de nuestra condición de kajiras. También me dijo que Nethet no tenía costumbre de marcar a sus esclavas, porque algunos Amos prefieren hacerlo ellos mismos. No fue ningún consuelo, supuse que si algún día conseguía venderme, algún otro goreano quemaría mi piel con un hierro de marcar.

domingo, 14 de marzo de 2010

Pieles frías.

Hoy duermo sola, pero me lo he ganado a pulso. Espero que en el futuro no tenga que tumbarme sobre éstas pieles frías, abandonada y triste.

En la cadena de Nethet había otra chica de la Tierra. Se llamaba Janice y era irlandesa. Nos comunicábamos en inglés y fui aprendiendo goreano con ella. Me explicó dónde estábamos y recordé ligeramente una charla a la que acudí con una de mis amigas feminazis en la que lapidaban los libros en los que aparecía Gor. Y ahora resultaba que existía.

No tuve muchos problemas para aprender el idioma, siempre se me han dado bien. Hablo con fluidez el castellano, el inglés y el francés y me defiendo en alemán y euskera. Supongo que es porque pienso en imágenes y no tengo que andar traduciendo mentalmente lo que voy a decir. Janice era preciosa, con una melena de color fuego y pequitas en su rostro nacarado. Tenía los ojos verdes como yo. Dina, ella y yo hicimos buenas migas. Me ayudaron en lo que pudieron, pero yo era testaruda y caía sobre mí un castigo tras otro. Usualmente, por contestona y bocazas, me sumergían la cabeza en agua. Cuando, una de las veces, casi pierdo el conocimiento, dejé de ser impertinente.

Bort no me gustaba. Me miraba demasiado de una forma escalofriante. Procuraba no quedarme nunca a solas con él. Pero cuando fuimos las tres siguientes veces a que el médico me inyectara lo que fuese aquello, tenía que hacerlo. Aprovechaba para sobarme y a mí me repugnaba, pero no protestaba porque si me golpeaba él tal y como hizo Nethet, estaba segura de que podría matarme.

sábado, 13 de marzo de 2010

Bort y Nethet.

Desde el hombro de Bort pude ver el recorrido que hacíamos. Estaba en shock y ni siquiera era capaz de patalear o resistirme. Parecía una ciudad casi medieval, la gente vestía túnicas y los hombres llevaban armas. Había montones de chiquillas preciosas, con metálicos collares en sus elegantes cuellos. No fue hasta entonces que noté el peso que pendía del mío y, llevando la mano allí, puede tocar el frío metal de un collar similar. Salimos a las afueras, donde había un par de carros tirados por animales parecidos a yaks. Bort me dejó caer en el suelo y gemí por el golpe. "Qué hombre más bruto".- pensé, pero no dije nada. Sabía que podía aplastar mi cabeza entre sus enormes manos. Miré a mi alrededor, confusa. En torno a los carros había varias chicas, vestidas con pedazos de tela muy cortos que dejaban adivinar las formas de sus cuerpos. Una de ellas se acercó corriendo y dijo algo en un idioma extraño. La miré, sin comprender. Se señaló el pecho y me dijo "Dina". Yo, recordando la escena de Tarzán, sonreí y, señalándome a mi vez, contesté "Ana". Ella repitió mi nombre, sonriente.

Bort volvió de dentro de uno de los carros, trayendo un trozo de tela que me entregó. Era tan solo un rectángulo con un agujero por el que meter la cabeza. Me lo puse, sintiendo que era demasiado escaso, aunque mejor que ir desnuda por ahí como hasta ahora. Me dio también un cordón y, mirando como lo llevaba Dina, lo ajusté a mi cintura lo mejor que pude. Dina se rió y me desató el cordón, colocándolo correctamente. Me ruboricé, avergonzada por mi torpeza. Bort también se carcajeó de mí y me dijo algo. Le miré, sin comprender. "No te entiendo". Él tampoco comprendía el castellano. Se encogió de hombros y llamó a alguien.

De uno de los carros salió un hombre opulento, vestido de azul y amarillo. Tenía los ojillos crueles, la frente huidiza y los labios finos rodeados por una exigua barba. Me estremecí al ver que llevaba un látigo colgando del cinturón. Llegó ante nosotros y me miró. Parecía enfadado. Empezó a gesticular y a hablar con Bort, que le respondía en aquella extraña lengua. El recién llegado era Nethet, que empezó a palparme y a examinar mis dientes. Me enfadé y le golpeé la mano. No debería haberlo hecho. No me dio tiempo ni a ver su mano moverse antes de sentir un bofetón brutal que me arrojó al suelo. Mi boca se llenó de sangre y mis ojos de lágrimas. Me incorporó hasta dejarme de rodillas y continuó su examen. Ésta vez no me atreví a impedírselo. Dina me miraba, preocupada. Cuando Nethet terminó, me obligaron a entrar en uno de los carros y me encadenaron por el tobillo. También trajeron a las demás chicas. Dina estaba a mi lado y parloteaba en su idioma con el resto. Yo solo quería despertar de aquella pesadilla.

viernes, 12 de marzo de 2010

Gor y el duende.

Hace ya un par de semanas desde que el Ubar de Ar me permitió intentar aprender a escribir goreano y puso a mi disposición papel, tinta y plumas. Hoy me siento capaz de iniciar una especie de diario. Empezaré, como suele decirse, por el principio. Al menos, por el principio de ésta historia.

Yo viví en la Tierra. Nací allí y crecí allí pero sospecho que no la volveré a ver. En mi hogar, mi nombre era Ana y yo era libre. Todo lo libre que puede ser una estudiante sin ingresos propios y con horarios impuestos por el Colegio Mayor, claro. Nunca destaqué por ser muy dócil u obediente, más bien al contrario. No es que desease provocar o hacer enfadar a aquellos que me imponían normas, simplemente no compartía sus ideas, su visión y no me parecía que sus leyes estuvieran justificadas. Siempre fui considerada la oveja negra de mi familia, tanto fue así que dejé de acudir a las reuniones familiares para dejar de sentir que todos me observaban con reprobación.

Las otras kajiras me han dicho que lo más probable es que hiciese enfadar a alguien y que fuese esa persona la responsable de mi llegada a Gor. No lo se, es muy probable que muchos no me tuvieran en gran estima... aún así, veo la supuesta medida desproporcionada. El caso es que, tras una noche en la que había salido y bebido más de la cuenta, desperté en una cama que no era la mía. Intenté girarme y quedar de costado, pero algo me lo impidió. Entonces me percaté de que estaba atada con correas, en un lugar desconocido al que no sabía como había llegado. La respuesta estuvo clara en mi mente: "Mafia de tráfico de órganos". Empecé a gritar como una condenada y a patalear para intentar librarme de las ataduras. Mis alaridos atrajeron la atención de un hombrecillo vestido de verde. En medio de mi histeria, sólo pude relacionarle con algún duende de una mitología desconocida. Me miró, extrañado, y sin inmutarse, me puso una mordaza. Rebuscó entre los cajones de un mueble y sacó una especie de jeringuilla. Ahora estaba segura de que iba a anestesiarme para sacarme los órganos. Intenté decirle que fumaba, bebía y era probable que tuviese una insuficiencia cardíaca hereditaria. La mordaza ahogó mis argumentos. Sentí el pinchazo en la cadera, doloroso, pero no más que una vacuna de las triples. Curiosamente, no sentí ningún sopor invadiéndome. El hombrecillo dijo algo y un hombre enorme y musculoso, de los que yo creía que solo existían en los libros de ilustraciones de ciencia ficcion fantástica, entró en la habitación, me desató de la cama y me cargó sobre su hombro como si fuera un gatito. Ese hombre era Bort, ayudante del esclavista Nethet y yo pertenecía a su cadena.

Seguiré más tarde, mis obligaciones me reclaman. Además, en la Tierra aprendí que si un texto es demasiado largo, nadie se preocupará de leerlo. Saludos.