martes, 20 de abril de 2010

Time goes by...

Últimamente no he tenido tiempo ni de mirar mi reflejo en el agua. Mucho menos de escribir en el diario. Estoy ensayando un baile para mi Señor, es un baile que jamás he visto y me lo han tenido que explicar, así que no se qué tal lo haré.

Ahora que lo tengo prácticamente dominado, volveré a escribir. O al menos, eso espero.
Me había quedado contando mi llegada a la cadena de Hokur. Aquella noche, con Donna abrazada a mí, descansé como no lo había hecho desde mi llegada a éste extraño planeta. No tengo muy claro por qué, ella me daba seguridad, un anclaje al que aferrarme y no caer.

Por la mañana, me despertó con suavidad. Abrí los ojos, aún somnolienta, y observé el ajetreo de los hombres cargando carros. Uno de ellos nos trajo el desayuno y, ésta vez, pude comer por mí misma. Sentí una inmensa felicidad, simplemente por un detalle tan nimio como poder ser yo quién llevase la comida a mi boca. Poco rato después, un guardia abrió nuestra puerta y nos guió hasta uno de los carros. De nuevo viajaría encadenada por el tobillo junto a las demás esclavas. Resuelta como estaba a no dar más problemas y no ganarme una tunda, me dejé atar y me senté en el suelo, sin llamar la atención ni montar un numerito. Donna me miró, contenta. Estaba a mi lado y parecía feliz de haberme convencido para dejar de lado mi rebeldía.

El sol calentaba la lona que cubría las carretas y apoyé la mejilla en él. Estaba cálido y era agradable. El traqueteo resultaba incluso relajante. Conversé con Donna, admirándome de la fluidez con que hablaba ahora el goreano. Las demás también charlaban, salvo Vera, que se reclinaba hacia atrás, sin prestar atención al resto. De pronto, un chillido agudo y potente se dejó oir, desde arriba. Todas se abalanzaron sobre los lados de la carreta y trataron de levantar la lona para observar el exterior. Hice lo propio y apliqué el ojo a la abertura. Mi boca se abrió de asombro: sobre nosotros volaba una bandada de pájaros enormes. Traté de distinguir los detalles. Parecían rapaces, con plumajes de distintos colores. Los había oscuros, casi negros, otros rojizos, moteados, incluso alguno níveo y diáfano. Resultaba un espectáculo estremecedor. Ensombrecieron el cielo durante unos ehns y se alejaron.

- ¿Qué era eso?.- Pregunté a Donna. Antes de que pudiera responderme, Vera se hizo oir.

- Eso es la cacería del Ubar de Ar.- La miré, confundida.- Son monturas.- Me explicó.

Me pareció terrible la mera idea de volar a tal altura y sobre un animal. Tenía que ser, por fuerza, peligroso. Como los tarns- que así se llamaban los animales- ya no eran más que un cúmulo de manchitas en el horizonte, bajamos la lona y continuamos el viaje. Yo me sumí en mis pensamientos. Gor era, sin duda, un mundo extraño.

domingo, 4 de abril de 2010

Veneno.

Ayer intentaron envenenar a mi Amo.

Cuando entré en los salones, como siempre, acudí a sus pies y me arrodillé allí. El resto de las kajiras estaban en la cocina preparando un servicio. Cuando volvieron, estaban nerviosas. Brenda no paraba de toquetearse el cabello hasta que se le cayó una horquilla y se desmoronó su peinado. Hadaazul traía la bandeja, acompañada de una esclava que yo nunca había visto. No llegué ni a conocer su nombre.

Hadaazul se arrodilló junto con la nueva a los pies de mi Amo. Yo les dejé espacio, retirándome un poco. Mi Señor ordenó que fuese la recién llegada quién hiciera el servicio, guiándola mi hermana Hadaazul. Ella abrió la botella y probó el vino. Yo observaba de reojo a mi Amo, recordando cómo desconfió de mí el primer día, arrojando la copa que acababa de servirle contra la pared. Aquel día no sentí ningún aprecio por el que llegaría a ser mi Dueño con el tiempo. Aunque aquel episodio fue culpa mía, quería parecer una buena kajira y mentí respecto a mis habilidades. No he vuelto a mentir, me asustó terriblemente con aquel inesperado gesto y, además, me prohibió llevar un camisk nuevo hasta que él lo considerase necesario. No me cayó nada bien.

La kajira continuaba con su servicio, llenando la copa. Se la llevó a los labios, empapándolos con el licor y relamiéndose, la levantó y la ofreció a mi Amo. No había esperado los tres latidos. Él le dio una patada y yo me sobresalté, asustada por la reacción. La esclava se le lanzó encima, mordiéndole una oreja. Antes de que me diera tiempo a actuar, mi Amo había sacado la kiva y el cadáver de la joven yacía sobre las baldosas, tiñéndolas de sangre.

- Nunca te fíes de alguien que no espera antes de ofrecerte un servicio.- Dijo mi Señor.

Me pregunté si tan solo sería que tuvo un mejor día el día en que en lugar de abrirme en canal, arrojó la copa lejos de si. Me di cuenta de la suerte que había tenido. Y me sorprendí a mí misma aterrada ante la posibilidad de que- ahora me daba cuenta- la persona más importante para mí pudiese haber muerto. No me había percatado del cambio que se había operado en mi pensamiento, en mis sentimientos. Hace un mes, me habría alegrado la posibilidad de escapar, de librarme de ellos y sus órdenes. Ahora no. Ahora sería capaz de matar con mis propias manos a quien atentase contra el bienestar de mi Señor.

Sonreí, con los ojos anegados de lágrimas, por la tensión y por la felicidad de saber que él estaba bien, que estaba vivo y que seguía cerca de mí.

Según me han contado luego, el Amo Skewb se quedó con una muestra del veneno y con la copa. Me preocupa que haya un traidor en Ar. Es una época para mantener los oídos y ojos abiertos… y la confianza cerrada.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La cadena de Hokur.

Cuando llegamos al otro almacén, me cogió de la cabeza y me arrojó dentro de una de las jaulas, sin quitarme los grilletes. Ahogué un quejido al impactar contra el suelo y oí la puerta cerrarse con un chasquido metálico. Me incorporé con cierta dificultad y miré alrededor. En la jaula había otras dos chicas, una morena de pelo liso con la mirada dura y una alta y rubia que estaba sentada en un rincón, ignorándome. La morena se me acercó y se puso en cuclillas delante de mí, mirándome con curiosidad. Bajé la cabeza, pero ella me agarró de la barbilla y tiró hacia arriba.

- Bonitos ojos.- Me dijo. Luego se fijó en mi muslo sin marcar y, con una aviesa sonrisa, continuó.- No durará así mucho tiempo.

Yo no contesté. Volvió a su rincón y se sentó, apoyando la espalda en los barrotes. La rubia seguía inmersa en sus pensamientos. Me coloqué lo más cómodamente que pude, pero los grilletes me molestaban. Observé que, efectivamente, el resto de las esclavas de ésta cadena ostentaban la marca sobre su piel. Quise acariciar mi aún inmaculada pierna, pero no podía hacerlo con las manos atadas a la espalda. Repentinamente, me abrumó la realidad de estar lejos de casa, lejos de la civilización, lejos de las costumbres que conocía. Me sorpendió no haberme percatado antes del hecho de que nunca iba a volver. Fue como si mi corazón se quedase parado, congelado, y mi cerebro chispease por la descarga de información. Era como si una barrera que bloqueaba mis pensamientos se hubiera roto y todo el horror inundase mi cabeza, mi cuerpo, mi espíritu. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Un guardia golpeó los barrotes y yo me abstuve de hacer ruido. La realidad de Gor estaba haciendo mella en mí.

Trajeron la comida. Yo no podía usar las manos y empezaba a enfadarme por ello. La chica rubia me acercó el cuenco y yo la miré, enarcando una ceja.

- Prueba a comer como un animal.- Se rió burlonamente.

- Déjala, Vera.- La chica morena se acercó a nosotras y tomó un pedazo del engrudo de gachas entre los dedos. Me lo acercó a la boca y yo lo cogí, agradecida.

- Eres una aguafiestas, Donna.- Vera se alejó con su comida.

Dona me alimentó y me ayudó a beber agua. No parecía tan dura y terrible como al principio y me empezó a caer bien. Después de comer, se sentó a mi lado y estuvimos hablando. Me dijo que había sido una estúpida intentando escapar, algo que yo corroboré. Me sentía como una niñata sin dos dedos de frente. Me explicó que nuestro actual dueño, el esclavista, se llamaba Hokur, y que también se iba a dirigir a Ar. También sugirió que debería portarme de forma impecable a partir de ahora. Me señaló la espalda de una de las chicas de la jaula vecina, cruzada por profundos arañazos escarlata. La habían castigado el día anterior por remolonear. Bebí de sus palabras y de sus consejos, esperando que me fueran útiles. No quería que me volvieran a pegar.

Por la noche, Hokur hizo acto de presencia en el almacén y vino a nuestra jaula. Me llamó con un gesto y yo me apresuré a acercarme, arrodillándome tal y como él me había indicado por la mañana. Mantuve la mirada baja. Metió la mano entre los barrotes y me acarició la cabeza.

- ¿Cómo te llamas, esclava?

Donna ya me había instruído acerca de qué contestar.

- Ana, si eso le complace, Amo.

Él rió sonoramente.

- Ya no pareces tan rebelde, kajira. A partir de ahora responderás al nombre de Ataravis. Ya tengo otra Ana en mi cadena.

Yo asentí en silencio. Era la primera vez que cambiaba de nombre. Me ordenó darme la vuelta y me quitó los grilletes. Me froté los brazos, tratando de restablecer la circulación.

- Gracias, Amo.- Musité.

- Tenéis que descansar, mañana partimos hacia Ar.- Fue toda su respuesta. Se dio la vuelta y se fue.

Me tendí en el suelo, dispuesta a dormir, y Donna se acercó a mí y me abrazó. Vera se mantuvo alejada. No tardé mucho en caer presa del sueño.

martes, 30 de marzo de 2010

El baile de la seda.

El Amo Frey pide a su kajira que entretenga a los presentes con un baile. Ella asiente y se va a prepararse. Vuelve al poco rato con una fina cadena cuajada de campanillas atada en torno a su cadera. Una pieza de seda anudada sobre sus pechos, el ombligo al aire y otra a modo de falda son su único atuendo. Lleva las manos a la espalda.

Huriye se para en medio del salón. La música comienza a sonar, suave, cadenciosa. Ella adelanta una cadera y, con el cuerpo quieto, abre los brazos, dejándolos en cruz, desplegando cuatro al-hil de seda tras ella. Mantiene un brazo estirado, paralelo al suelo, y alza el otro por delante de su cuerpo, quedando oculto su rostro tras el tejido, enganchado a las pulseras de sus muñecas. Mueve la mano que mantiene en alto, ondeando como una bandera. Transmite el movimiento a todo el brazo. La seda refleja la luz en forma de ondas. La música empieza a ser más alegre y ella despliega los brazos de nuevo, tras su espalda, dejándolos quietos y contoneando su cuerpo.
Huriye oye el sonido de las múltiples campanillas, discordante pero hermoso. Su cadera, con un ritmo enloquecido, se mueve de un lado a otro, y su torso se mantiene casi inmóvil. Pareciera que va a partirse por la cintura. Comienza a caminar hacia delante, con movimientos suaves y sensuales. Los cascabeles de sus tobillos se unen a la orquesta. Empieza a girar sobre sus pies, dando dos vueltas y deteniéndose para hacer lo mismo hacia el otro lado. Termina cada giro ocultándose tras la seda, que deja entrever su figura. Da tres frenéticos giros seguidos hacia la izquierda y se arrodilla súbitamente, la espalda arqueada hacia delante y su rostro oculto por el cabello.

La kajira, desde esa posición empieza a ondear los brazos que parecen agitados por una repentina brisa. Su torso se contonea, levantándose, hasta quedar en nadu. Mueve la cadera el círculos, haciendo sonar las campanillas y se pone en pie de un movimiento que hace que su cuerpo parezca un junco mecido por el viento. Retrocede unos pasos, sin dejar de mover cada parte de su cuerpo, repleta de sensualidad. Lleva las manos a su nuca, sin que nada entorpezca en la visión de su figura, para después llevar un brazo al frente y ocultarse con la seda, caminando de nuevo hacia los libres. Coloca el otro brazo bajo el que tiene delante. Uno a la altura de la frente y otro a la altura de la boca. Los separa hasta que solo se ven sus ojos, entre un remolino de seda, provocantes y fieros.

Huriye deja caer la seda delante de su cuerpo, dejándola tirante entre los brazos, justo debajo de sus ojos. Detrás, sigue bailando. La sombra de su figura se contorsiona en una velada danza. Su mirada es brillante, embriagada. Envuelve su cuerpo con el pliego y, con los últimos compases, se arrodilla de nuevo. Su frente toca el suelo, ofreciendo su baile a los presentes y deseando que lo hayan disfrutado.

Laura.

Tras el episodio de los eslines, teníamos una chica menos en la cadena y yo subí un puesto. Seguía estando entre las últimas, porque no tenía instrucción y lo mejor que sabía hacer era hablar goreano. Dina tenía un puesto más alto, no solo por sus habilidades, sino por su belleza. Me sorprendía esta característica en todas las mujeres que había visto en Gor, todas eran verdaderas preciosidades que me hacían sentir como la fea de la clase.

El resto del viaje transcurrió con tranquilidad. Nethet parecía impaciente por llenar sus bolsillos de dinero tras nuestra venta y azuzaba a los mugientes boskos durante el día. Bort no se acercaba a mí si estaba Nethet delante y no volví a dejar que me encontrara sola.

Un día, a media tarde, llegamos a Laura. Se trataba de una ciudad dedicada al comercio situada junto a un río. Nos bajaron de los carros y, encadenadas unas a otras, entramos en la población. Los edificios eran de madera, había multitud de tabernas y almacenes. Dina me había dicho que al ser primavera, era la época de la gran batida de esclavas. Yo no tenía muy claro qué sería eso, pero sabía que no quería acabar como esclava en una taberna. Las demás chicas me habían contado que cualquier libre puede pagar y violarte. Era, claramente, un prostíbulo. Un extraño prostíbulo en un extraño mundo. Sin embargo, el plan de Nethet era culminar la venta en la ciudad de Ar, al sureste. En Laura pensaba vender solo a algunas de nosotras y adquirir nuevas esclavas.

Nos llevaron a una especie de almacén plagado de jaulas y allí nos encerraron, tres esclavas por celda. Ninguna quería ser vendida en Laura, no debía de ser un destino agradable. Al ser una de las esclavas menos valiosas, empezó a preocuparme que me vendieran allí, donde los precios eran más bajos. Me di cuenta de que, ya que acabaría por tener un Amo, prefería que no fuese alguien inculto y bruto. También podía intentar escapar, me habían contado que en los bosques del norte, al lado de Laura, vivían las panteras, mujeres libres y luchadoras. Yo había disparado con arco y practicado esgrima en la tierra, tal vez me consideraran útil. Alimenté esa esperanza durante días, pero pronto estuvo claro que no iba a ser tan facil huir.

A veces, Bort venía a verme al almacén, pero no me tocaba. Los barrotes estaban entre nosotros. A pesar de estar encerrada, me sentía más segura a éste lado de la reja.

Llegó otra caravana y el almacén contiguo al nuestro se llenó de chicas. El otro mercader vino a visitarnos. Era alto y fuerte, con el pelo hirsuto y los ojos feroces. Daba más miedo que Nethet, e incluso que Bort. Procuré no parecer atractiva, no quería que me vendieran. Obedecí, arrodillándome cuando me lo pidieron, pronunciando "Cómprame, Amo.", exactamente igual que todas las demás, pero con desgana y torpeza fingida. No quería ser comprada por aquel hombre de fieros ojos. Sin embargo, él se quedó mirándome. Me puse nerviosa. Leí en su mirada que se había percatado de mi truco y tuve miedo. Tal vez me delatara y me castigaran. Me ordenó levantarme y caminar por la celda. En esta ocasión, lo hice lo mejor que pude, no quería desairarle. Me llamó y me hizo arrodillarme de nuevo. Corrigió mi postura con su látigo.

- ¿Qué se dice, esclava?

Estaba perdida. Tragué saliva y respondí:

- Cómprame, Amo.

Entonces, me tocó con el mango del látigo. No mantuve la postura, grité, sorprendida, y caí hacia atrás, alejándome de él. Se rió de mí, y el resto de las chicas y guardias le corearon. Sentí como enrojecía, no sabía si de vergüenza o de rabia. Llamó a Nethet y hablaron un rato, un poco alejados. Volvieron y abrieron la puerta de mi jaula. Nethet me ordenó salir. Caminé, vacilante, hacia la salida y, una vez allí, salté hacia delante, empujándolo. Sorpendido, no reaccionó y yo corrí sin mirar atrás. Por supuesto, un guardia me cogió. Me retorcí y le mordí en el brazo con todas mis fuerzas. Gruñó, me arrojó al suelo y me sujetó por el cabello, apretando mi rostro contra el pavimento. Intenté liberarme en vano. No estaba segura de qué era lo que me había hecho comportarme así, intentando huir sabiendo que no había posibilidades de conseguirlo. Ante mis ojos aparecieron unas sandalias y miré hacia arriba con el rabillo del ojo. Era el nuevo esclavista. Apartó al guardia y él mismo me levantó, tirando de mi cabello. Me dolió, pero no deje escapar ni un quejido. Estaba enfadado y tuve aún más miedo que antes. Me abofeteó con fuerza y yo encogí mi cuerpo, pero no me quejé. Volvió a golpearme. Gemí levemente. Me había cortado el labio con los dientes y sangraba. Me dejó caer al suelo y me puso unos grilletes en las manos. Guiándome con la cadena, me arrastró hasta sus caravanas.

Yo le seguí, dolorida y rabiosa. Le odiaba. Le odiaba con todas mis fuerzas y quería matarlo.

viernes, 26 de marzo de 2010

Un día en la vida de Huriye.

Cuando me despierto, al rayar el alba, mi Amo aún duerme, respirando tranquilo y profundamente. Yo le observo unos instantes, iluminado su ser con los primeros rayos del amanecer, beso el aire cerca de sus labios y, sin hacer ruido, me levanto de las pieles. Cojo un balde para traer agua para su aseo matutino y la templo. Para cuando he vuelto, él ya se despereza sobre el lecho.

Mientras mi Amo se lava, acudo a por su desayuno y, él ya vestido y dispuesto, se lo sirvo con devoción. Después, se marcha a cumplir con sus obligaciones para con la ciudad y yo me quedo para cumplir con las mías para con él.

Primero, abro las ventanas para que la luz y el viento fresco de la mañana goreana. Limpio el polvo del cuarto, retiro la ceniza de la chimenea y los restos del fuego después de comprobar que tira correctamente. Sacudo las pieles y las cepillo para que el pelo siga suave. Cojo un poco de incienso y lo enciendo en el quemador sobre la chimenea mientras salgo a por leña, aprovechando para traer flores frescas con que adornar la estancia. Mientras hago todo esto, ya que estoy sola, me doy el lujo de canturrear canciones de mi planeta natal. Hago la colada y la tiendo en el patio. A veces, si hace falta, zurzo alguna de las prendas de mi Señor, alegrándome de haber hecho caso a mi madre y haber aprendido los secretos de la costura.

Después de eso, si no tengo ninguna tarea especial para realizar, me dedico un tiempo a mí misma y me aseo, peino mi cabello,-lo que lleva su tiempo, con esta mata de pelo rebelde que tengo.- y perfumo mi piel. Entonces llega la hora de acercarse un rato a los Salones de Ar, por si algún Amo necesita de mis servicios. Y para hacer vida social, claro. A veces recito poesía para el Amo Skewb, o charlo de escritos con el Amo Lemorte, que siempre se sorprende de que una esclava bárbara cuente con la lectura y la escritura del goreano entre sus habilidades. También suelo servir vino negro (con un poco de leche de bosko y tres azucarillos) para la Señora Auryn. Alguna vez doy consejos a mis hermanas o los recibo de ellas. Pero no dejo de pensar durante todo el tiempo en el momento en que mi propio Señor deje las cuestiones de estado y aparezca para honrarme con su presencia.

Después llega la hora de comer las gachas y, por la tarde, me dedico a ensayar algún baile nuevo o a escribir este diario, hasta que vuelvo a los Salones. Es ahora cuando suele llegar mi Amo y me arrodillo a sus pies, contenta de estar junto a él. Pasamos el rato con los demás habitantes de Ar y, después, vamos juntos a sus aposentos.

Lo que ocurre allí, lo dejo a vuestra imaginación.

Sois mi sol y sois mi rey,
al que adoro sin reparo,
mi luz, mi estrella, mi faro,
sois mi Amo. Mi Amo Frey.

jueves, 25 de marzo de 2010

Mi compra.

Ayer fue un día especial en Ar, pero sobre todo, fue especial en mi corazón. Por la mañana, incapaz de contener mi nerviosismo, abordé a mi hermana Lakme para ir al mercado, tal y como se nos había encargado, a comprar ciertos productos. Caminamos entre las abarrotadas calles, donde el olor de los puestos de comida y el de los perfumistas se mezclaban en una amalgama picante, flotando sobre los gritos de los regateos. Lakme me ayudó a elegir jabones, aceites corporales, algunos perfumes y olorosas sales de baño. Los gastos no eran un problema, así que las compras fueron de la mejor calidad. No era un día para reparar en el peso de la bolsa de monedas.

Volvimos a los salones y, aunque mi mente se hallaba dispersa, fui capaz de llevar a cabo todas mis tareas, con mayor o menor gloria. No podía dejar de pensar en lo que habría de acontecer a la noche y mi corazón latía enloquecido, como si intentase liberarse de su cárcel de huesos.
Y, por fin, llegó el anochecer y las tres lunas de Gor se colgaron del cielo, inmutables, observadoras de lo que ha ocurrido, lo que está pasando y lo que ha de venir. El salón lucía sus mejores galas. Lakme, primera kajira, recorría de un lado a otro la estancia, comprobando que la ornamentación, la bebida y la comida cumpliesen con sus requisitos, acompañada de nuestra hermana Flor de Noche.

Yo aguardaba a los pies del que habría de ser mi Amo, temblorosa y expectante, y él trataba de calmar mi nerviosismo con sus caricias. A pesar de ello, estoy segura de que él también estaba nervioso. Uno a uno, los Libres fueron llegando, también mostrando bellas vestimentas y semblantes alegres. Sin embargo, faltaban dos piezas importantes de la maquinaria de Ar, el Amo Vlad Tepes y el propio Ubar. El que al final de la noche habría de ser mi Dueño, me susurró que fuese a prepararme y así lo hice.

Corrí por el pasillo, me di un baño y perfumé mi piel. Utilicé para ello talendros pues, como me informaron mis hermanas, en Gor se asocia a ésta flor con la belleza, la pasión y la devoción al Amo. Confiaba en que fuese del agrado de mi Señor. Cepillé mi pelo con dedicación, recogiéndolo con un peinado intrincado, sin usar joyas, pues ese era el deseo del Amo Frey. Él, en los salones, paseaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, tal y como me contaron mis hermanas más tarde. La ausencia de sus hermanos aumentaba su nerviosismo. El resto de los Libres presentes también aguardaban. Finalmente, el Ubar, Marlenus, entró en los salones, con aspecto cansado, aunque feliz. Yo llegué a la puerta, ataviada con un camisk nuevo, propiedad de la ciudad, y me arrodillé esperando que me permitieran el paso. El Ubar fue hacia su sillón, disculpándose por la tardanza y saludando efusivamente a los presentes. Mientras yo estaba en la puerta, llegó también, por fin, el Amo Vlad Tepes. Al parecer, la ceremonia sí se celebraría esa noche.

El Amo Marlenus pidió silencio y comenzó a hablar.

- Estamos aquí reunidos debido a la solicitud de mi hermano y Administrador General de Ar sobre la propiedad de Ataravis, pero mi viaje ha sido largo y estoy cansado, por lo que dispongo que mi hermano Vlad Tepes dirija la ceremonia.

El interpelado asintió y yo pedí permiso al Ubar para pasar. Sin embargo, fue mi futuro Amo quién me contestó, presa de los nervios. No pude menos que sonreir. Entré y me arrodillé en torre junto al Amo Vlad Tepes, puesto que sería él quién me entregase a mi nuevo Dueño. Él se puso en pie y se dirigió al centro del salón, indicándome un punto en el que habría de arrodillarme. Le seguí y así lo hice, deseando en mi fuero interno que todo saliera bien. El Amo

Frey nos acompañó al centro de la sala y el Señor Vlad Tepes inició su discurso:

- A mis pies, arrodillada, hermosa y perfecta, hay una esclava. Lo que la hace valiosa y perfecta no son sólo sus dones naturales, si no su destino.- Noté que mis mejillas se cubrían de rubor.-Por sus servicios a Ar, su incontestable fidelidad y su infatigable trabajo, el Ubar ha decidido premiar a mi hermano Frey con esta hermosa esclava.- Colocó su mano derecha sobre el hombro del Amo Frey.- Hermano, en nombre de Ar y por deseo del Ubar, te entrego esta kajira, para que te sirva y complazca como un hombre de tu talla y valía debe ser servido y complacido por una kajira.

Mi Amo devolvió el abrazo y contestó:

- Acepto a esta hermosa y devota kajira y el precio que haya marcado el Ubar será el que pague.

El Señor Vlad Tepes se dirigió entonces a mí:

- Perteneces a uno de los libres más significativos e importantes de Ar, después del mismísimo Ubar. Sírvele con devoción y pasión.

Yo, con los ojos húmedos y un hilillo de voz, respondí:

- Sí, Amo, con toda la devoción y pasión que sea capaz de entregarle.

Mi Amo dio las gracias al Amo Vlad Tepes, a la ciudad y al Ubar y me indicó que me colocase entre ellos.

- Alther, Marlenus, Vlad Tepes, Shira, Skewb, kajirae; tomo a esta muchacha para mayor gloria de ésta nuestra amada ciudad y para satisfacción de los Reyes Sacerdotes que han escrito que su destino sea al servicio de mi persona. Ataravis, pertenecías a la ciudad gloriosa de Ar, a partir de ahora me perteneces a mí y servirás allí donde yo esté. Sirve con fuego, sirve con devoción, sirve con humildad. Terminas tu camino como esclava y kajira de los salones y comienzas el de kajira de tu Señor.

Yo veía las miradas brillantes y felices de mis hermanas. Respondí:

- Así será, mi Amo.

Él me ordenó despojarme del camisk de la ciudad, y así lo hice. Él extrajo de su bolsillo un precioso collar. Su collar, con la marca de su casa, el drakkar.

- Que este collar te recuerde a quién perteneces y a quién representas allí donde sirvas.

Yo contenía la respiración, emocionada y abrumada.

- A partir de ahora, Ataravis, perderás el nombre que recibiste al llegar a la ciudad y serás conocida como Huriye, “amante del paraíso”.

- Así será si eso complace a mi Amo.- Ahora estaba segura de que mi corazón escaparía de mi pecho en cualquier momento.

- Es mi deseo que lleves un nuevo camisk, con el cual yo te visto.- Sacó un camisk blanco, de fina seda, con una cenefa en el lateral y el bordado del drakkar en un costado.- Incorpórate, Huriye y levanta los brazos.

Así lo hice y me sorprendió la suavidad del camisk cuando mi Amo me vistió con él. Con la mirada húmeda y una amplia sonrisa se lo agradecí. Entonces él me ordenó que agradeciera al resto de libres presentes lo que me habían enseñado para llegar hasta allí. Comenzando por el Ubar, obedecí, y al terminar, volví a los pies de mi Amo. Él pidió el primer servicio, que habría de ser realizado con el ritual completo.

Yo y mis hermanas acudimos a las cocinas y, una vez allí, comenzaron a felicitarme. Yo no podía dejar de acariciar mi nuevo collar. Mi hermana Brenda había estado sufriendo hasta que la ceremonia comenzó, puesto que pensaba que al final no se realizaría. Yara también estaba pletórica de felicidad y Lakme intentaba poner orden entre nosotras mientras nos abrazábamos y reíamos. Finalmente, consiguió centrarnos. Servimos el ka-la-na a los libres, para que pudieran brindar por tan feliz momento. El Ubar tomó la palabra:

- Por que Huriye recorra el camino del servicio adecuadamente y haga sentir a mi hermano Frey orgulloso de tenerla.

Los libres correspondieron al brindis y vaciaron sus copas. Nosotras pululábamos, sirviendo más licor a quién lo requería. La fiesta llegaba a su fin. El Ubar se retiró deseándonos felicidad. Los libres también me felicitaron, así como a mi Señor, y, uno a uno, fueron dejando el salón. Mi Amo me permitió beber ka-la-na de su copa. Yo estaba cansada de tantas emociones. Él, comprensivo, me ordenó que me despidiera de los presentes. Así lo hice y, tomándome él del cabello, me llevó a sus aposentos.

El día tocaba a su fin, pero mi nueva vida comenzaba. Mi vida como Huriye, devota kajira de mi Señor, el Amo Frey.

Nota: Los nicks han sido modificados para ajustarse al tono del relato. Espero que no sea molestia para nadie.